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Rescatando la perspectiva humanista de la Educación…

Reflexiones a propósito del MEDIT en la Universidad de Cundinamarca.

Por Juan Camilo Salas Cardona. Ph.D. 1

El término “educación”, proveniente del latín “educere”, remite al hecho de “conducir”, así como a la acción de “guiar” y de “orientar”, comprendiendo éstas como propias de aquellos que se dedican a preparar a los demás para llevar una vida que merezca el calificativo de “humana”.

Ahora bien, la pregunta básica que se desprende de este sentido etimológico es: “¿conducir hacia dónde?, u ¿orientar hacia qué finalidad?, cuestiones que deben presidir todo proyecto educativo, así como todo currículo y, en general, toda acción de un educador respecto de sus educandos. Y es, precisamente, esta toma de conciencia la que nos debe llevar a recordar que en toda acción educativa deben converger y armonizarse dos componentes, uno de tipo coyuntural, que hace relación al tiempo, al espacio y al propósito concreto de las acciones pedagógicas, y otro, de carácter humanizador, encaminado a la tarea fundamental del “aprender a vivir humanamente”.

Una mirada reflexiva a la antigüedad greco – latina, nos muestra cómo dichos componentes, que pudiéramos denominar como el “aprender a hacer”, de naturaleza coyuntural, y el “aprender a ser”, de carácter humanizador, se justifican en valoraciones del ser humano como un ser unitario en el cual se desarrollan dos grandes procesos, uno interno, que tiende a la madurez, a la ponderación, al desarrollo de la conciencia y al cultivo de virtudes éticas, y otro externo, que se orienta a la realización de proyectos profesionales, al desarrollo de competencias y a la consecución de logros sociales.

De este doble y simultáneo empeño dan testimonio pensadores tan notables como Isócrates, Aristóteles, Cicerón y Séneca, entre otros, en los que es evidente que no puede separarse un proyecto de “profesionalización”, por emplear un término contemporáneo, de uno de “humanización”, lo que conduce a concluir, con facilidad, que no puede haber un buen profesional, si éste no es a la vez, un buen ser humano, un buen ciudadano, y, en general, una buena persona, lo que equivale a decir que el desarrollo humano del profesional se convierte en la “conditio sine qua non” para que su ejercicio profesional sea humanizador y promotor de calidad de vida, desde su particular perspectiva de trabajo.

Cuando percibimos, con un buen grado de desconcierto, que, en no pocas ocasiones en América latina, la educación, sobre todo la universitaria, se ha convertido en un negocio lucrativo que “casi literalmente”, vende títulos y diplomas a los estudiantes, cuyo principal esfuerzo debe ser el de realizar los pagos debidos, y cuando constatamos que, de manera casi generalizada, la educación superior se olvidó del ideal de “formación”, del que tan lúcidamente nos hablara Hans Georg Gadamer al inicio de su célebre obra “Verdad y Método”, por darle prelación a procesos profesionalizantes, instructivos y generadores de competencias analíticas y fácticas, echamos de menos la existencia de propuestas que, sin dejar de preparar profesionalmente para afrontar las crecientes necesidades del mundo de hoy, recuperen, articulen y propongan modelos educativos que realcen y hagan viable el proyecto humano que cada persona debe realizar.

La ausencia de este tipo de visión formativa se ha hecho patente, de manera particular, en el caso de la caída de Wall Street o de la corporación Enron, hace algunos años, cuando se realizó un estudio referido a las universidades en donde se habían formado sus gerentes, muy buenos por cierto en términos técnico profesionales, y egresados de las mejores instituciones universitarias del mundo, pero con ostensibles limitaciones en el plano ético, humanístico y social, las cuales les llevaron a tomar las deplorables decisiones que condujeron a la debacle a sus empresas.

En América latina y en el Caribe, no hemos hecho estudios análogos tendientes a determinar de dónde son egresados los protagonistas de los sonoros casos de corrupción que hemos padecido, y que seguimos padeciendo, pero, con toda seguridad, muchos de ellos son egresados de prestigiosas casas de estudio en las que la excelencia profesional es destacada, con detrimento de los mal llamados saberes de “relleno”, “especulativos” o “blandos”, refiriéndose con estos términos a disciplinas tales como la ética, la filosofía y las humanidades en general.

Cierto es, y hay que reconocerlo, que la presencia de cursos de estas disciplinas, que han estado presentes históricamente en muchos currículos, no ha estado felizmente articulada con los saberes que preparan para “el hacer”, hecho que pudiera responder, entre otras cosas, a su falta de integración dentro de un plano curricular coherente. También hay que reconocer que, quienes hemos orientado dichas cátedras, hemos pecado por querer complejizarlas injustificadamente, para que aparezcan como “discursos serios, rigurosos y profundos”, en razón de un inconfesado anhelo de “tener una cátedra exigente”, pero hemos terminado desnaturalizando su papel motivador, crítico, orientador y generador de tomas de conciencia. Sobre este “mea culpa” habrá que reflexionar con más detenimiento en otra ocasión.

Con base en este panorama educativo, lleno de retos, de necesidades y de crecientes expectativas de parte de la sociedad local y global, constituye un hito motivador la propuesta del MEDIT en la Universidad de Cundinamarca, la cual con acierto, y sin sacrificar la creciente calidad académica que la ha distinguido, opta ahora por una recuperación integral, sistemática e interdisciplinar del componente humanístico y formativo, que la universidad en occidente ha venido perdiendo de vista en la niebla de los tiempos.

El escritor francés André Malraux decía en su visión anticipatoria de la centuria presente, que por cierto no le tocó vivir, que “el siglo XXI será espiritual, o no será”, entendiendo por espiritualidad la perspectiva humanista y de incremento de la conciencia de la cual adoleció el que Paul Ricoeur llamara “el horrible siglo XX”. De esta premonición hace eco Gilles Lipovetsky cuando afirma, parafraseando a Malraux, que “el siglo XXI será ético o no será”.

Ambas afirmaciones apuntan a un componente existencial, antropológico y axiológico como el que atraviesa la propuesta del MEDIT, la cual, tomando prestada la sentencia de Ricoeur, se hace totalmente necesaria ante el “horrible siglo XX” que vivió la sociedad colombiana, el cual, a nuestro pesar, parece prolongarse inclementemente en este nuevo siglo.

Nada más oportuno para una sociedad como la colombiana, notoriamente insensible ante el dolor ajeno, profundamente violenta, poco amiga del diálogo y de la concertación, marcadamente intolerante, ayuna de valores éticos, y polarizada al extremo, que una propuesta como la del MEDIT, la cual no sólo se sintoniza con una dimensión relegada de la educación occidental moderna y contemporánea, sino que también recupera el sentido original de la universidad pública.

Sobre este punto, no hay que olvidar que Napoleón Bonaparte, quien fuera el gestor e impulsor de la educación pública, tal como hoy la conocemos, consideraba que la universidad debería formar a los profesionales que la sociedad necesitaba para realizar su proyecto como nación, respondiendo a sus necesidades concretas, y construyendo los espacios para una mejor calidad de vida desde los diferentes horizontes profesionales.

Esta constatación permite inferir, sin mayores esfuerzos mentales, que un proyecto como el MEDIT, le es necesario y urgente a una universidad pública que quiera responder con altura a lo que espera y necesita la sociedad colombiana actual. En este contexto llama la atención en hecho del rotundo éxito que tienen los cursos humanísticos, filosóficos y formativos, tales como el que dicta Michael Sandel en la Universidad de Harvard, quien, a decir de muchos es el “profesor más popular del mundo”, y aquel otro, en la misma universidad, que trata sobre el fundamental problema de la felicidad, el cual, semestralmente, tiene la no despreciable cantidad de 1400 asistentes voluntarios.

Estos casos son ejemplos palpables de que una propuesta humanística, filosófica, ética y axiológica, como la que incorpora el MEDIT, tiene, no sólo toda una enorme justificación social, sino que puede tener un enorme éxito, si cada uno de los miembros de la comunidad educativa de la Universidad de Cundinamarca pone lo mejor de sí para alcanzar aquello.

[1] Doctor en Filosofía y Máster en Ética y Democracia de la Universidad de Valencia, España; Doctor en Derecho, de la Universidad de Estrasburgo, Francia; Especialista y Magister en Filosofía latinoamericana de la Universidad Santo Tomás; Profesional y Magíster en Teología de la Universidad Javeriana; Especialista en Bioética de la Universidad el Bosque, y Abogado de la Universidad Militar Nueva Granada. Actualmente es Profesor de la Universidad de Estrasburgo Francia, y colabora, en calidad de profesor invitado, con la Universidades Nacional de Colombia, y De Medellín.

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