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Crisis, posverdad y sociedad bloqueada

Por: Cristian Abad Restrepo, gestor del conocimiento y el aprendizaje de Ciencias Sociales, politólogo, magister en Hábitat y Estudios del Territorio y Doctor en Geografía.

En Colombia asesinan a diario, es una cruda realidad. Han pasado algunos días del intento de homicidio de un Senador de la República. Las armas están en la calle a sueldo, estas son usadas para lograr sus fines económicos y políticos. Las armas se hicieron para disparar según los intereses políticos, según los discursos hegemónicos y las motivaciones para conservar o encausarse hacia el poder.

Según datos del periódico El Tiempo a 2024, en Colombia hay más de 3 millones de armas que son ilegales. Se podría considerar que, por cada 300 ciudadanos colombianos, uno empuña un arma. Estas son usadas por los grupos armados y estructuras paramilitares para proteger sus territorios. Entiéndase por paramilitar una estructura instruccional de poder que ejerce control, incluso legítimo, en un territorio. La guerrilla, por ejemplo, es paramilitar también por el prefijo para, que significa que una estructura no legal puede acercarse a una institución del Estado por la forma en cómo opera en el monopolio en la tenencia y control de las armas.

En un contexto de inseguridad, donde apremia el miedo, tener un arma se convierte casi en un asunto de supervivencia humana. Todos los estratos socioeconómicos en Colombia poseen armas, sean estas legales o ilegales. Todas están disponibles y pueden ser utilizadas sin importar el contexto social o político; todas tienen como único fin herir o eliminar a un adversario. Lo que deja al descubierto el atentado contra el senador es la fragilidad del ejercicio democrático ante la creciente inseguridad en el territorio nacional. No importa el tinte político: todas y todos pueden ser víctimas de esta violencia, incluso un senador de la República.

Posverdad: la invención de la realidad y el oportunismo político

El intento de asesinato del senador, ocurrido el 6 de junio, tiene resonancia política por el contexto preelectoral. Por supuesto, toda afectación contra la dignidad humana debe ser rechazada; sin embargo, dada la coyuntura actual, aflora la hiperbolización de la noticia, que adquiere proporciones mayores debido a la saturación de información presentada por los medios dominantes de comunicación, en coherencia con la oposición, que permanece alerta a los fallos institucionales y a los actos de quien gobierna y ejerce el control del Estado, con el fin de deslegitimarlo, criticarlo y mostrarse como una alternativa nueva y real ante la inseguridad.

Bajo este escenario, es relevante recordar que “los hombres se conducen principalmente por dos impulsos: o por amor o por miedo”, como nos recuerda Maquiavelo.

Este hecho ha sido canalizado para manipular creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública. Los medios de comunicación hegemónica insisten en construir una realidad determinada para infundir terror, angustia y determinar actitudes políticas contra el establecimiento actual, al proferir una línea de verdad o de una verdad publicada más que pública, es decir, un actor dominante pone su verdad y ésta se la considera pública sin filtro.

El objetivo principal de la oposición es deslegitimar al Gobierno de turno sin tener certeza sobre el resultado de la investigación que realiza la Fiscalía General de la Nación. Dicho de otra forma, sin importar la investigación y sus posibles conclusiones (no se sabe cuándo se tendrá los hallazgos que determinen responsables como bien sucede en Colombia), se va subjetivando una visión considerada como verdadera porque se vuelve creencia.

Aquí las redes sociales juegan un papel importante en el impulso de las posverdades según los intereses políticos. Por supuesto, cualquier orilla política calibra sus repertorios de conveniencia, realizan cálculos racionales de elección política, buscan cautivar electores inconformes y reforzar las críticas al gobierno actual.

Este evento calamitoso para la democracia ha sido canalizado por la oposición para reforzar discursos que escenifican el miedo y un futuro de angustia para vender seguridad e instituyen la idea de una democracia en crisis (debe mencionarse que las crisis políticas generalmente son fabricadas cuando se subjetiva una idea de que las cosas van mal). De igual manera, determinados sectores políticos aprovechan la coyuntura para plantear la imposibilidad de una concertación, distanciamiento profundo y la necesidad de un bloqueo sistemático al gobierno.

Por otro lado, el gobierno actual desarrolla un conjunto de acciones orientadas a reforzar la necesidad de una reconciliación nacional, llamar a diferentes sectores políticos y generar gobernabilidad, como, por ejemplo, evitar expedir el Decreto de consulta popular, generar empatía desde el discurso, hablar de esperanza y desescalar el lenguaje de odio como bien ha enunciado varios ministros.

En definitiva, al crimen se lo utiliza para polarizar las verdades y creencias de cómo se debe gobernar a una sociedad, de allí la disputa por los sentidos politizados en la administración del Estado. Ahora bien, en estos tiempos de extremos es inevitable la polarización porque ésta además de ser ideológica, es desigual en términos materiales. El actual momento político y los que vendrán, siempre serán de extremos y de radicalidades.

Las concesiones políticas para cogobernar no son más que impedimentos políticos para realizar cambios sociales y económicos en una nación, porque lo que se negocia son privilegios e insignias de clase que por historia se conoce que son innegociables. Lo mejor que define hoy al Estado es ser un espacio de disputa: el crimen y la posverdad está a su servicio.

Sociedad bloqueada: de cómo las pocas opciones desencadenan crisis sociales

Cuando la libertad es definida por el acceso a los bienes comunes (aquellos factores públicos inalienables al ser humano y que no se pueden enajenar tales como: el agua, una montaña, el aire, los alimentos, entre otros) y a la garantía de los derechos humanos, podemos decir que se avanza como sociedad. Pero cuando el acceso a los derechos para reivindicar la dignidad humana es restringido, va apareciendo una serie de situaciones no deseadas como el crimen contra el senador.

La carencia de tener una vida digna es la expresión de una inmovilización social que no propicia cambios. La forma de liberarse de esta inmovilización, esto es, no tener educación primaria, segundaria y universitaria, salud, saneamiento básico, espacio público adecuado, transporte público eficiente e instituciones transparentes, va propiciando distorsiones de seguridad, porque se va instituyendo la idea que, para sobrevivir, cuando los bienes son escasos, se recurre a medios más expeditos de lograrlo.

Tampoco se está diciendo que la carencia produce inseguridad de forma absoluta, pero en las palabras del niño de 14 años alude presuntamente a la presión por sobrevivir. En su declaración “lo hice por mi familia”, alude precisamente a esto. Por otro lado, cuando no se tiene acceso a los derechos es fácilmente manipulable y, por tanto, hay menos libertad.

Es importante comprender que este hecho de muerte contra el senador no es un hecho aislado, es la síntesis de una serie de relaciones que propician este escenario. La culpa es la misma sociedad que ha sido construida a lo largo de todas estas décadas de conflicto armado, violento y simbólico. Refleja que la sociedad no ha logrado ampliar sus opciones de vida, ni tampoco refleja el acceso a los derechos humanos. Al contrario, lo que demuestra este acontecimiento, es que hay agendas ideológicas y políticas con intereses ajenos que están por encima de la sociedad, más que una agenda basada en derechos humanos para que todas/os tengamos una buena vida.

El intento de homicidio contra el senador y cualquier persona de Colombia, como el asesinato del líder indígena del pueblo Awá Luis Aurelio Araujo ejecutado el día 3 de junio de 2025, debe recordar que aún tenemos problemas sin resolver. Las expresiones de violencia sistemática siempre son el resultado de las múltiples desigualdades existentes en el país.

Los ciclos de violencia aún no desaparecen de los territorios y que parecen no acabar. Aún falta por construir un proyecto de sociedad nacional. Las ideologías políticas recuerdan que no todos caben dentro de este proyecto de nación. Gestionar los conflictos parece ser la mejor manera de administrar las contradicciones sociales y políticas para no desencadenar en estos acontecimientos tan lamentables donde la vida está en perpetuo riesgo.

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