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Estudiante emprendió su negocio con pulpa de fruta

Es estudiante de quinto semestre del programa de Administración de Empresas y su proyecto estuvo, en un principio, ligado a su sentido de ayuda a los demás en medio de noticias que mostraban cómo se quebraba el aparato productivo del país durante el confinamiento. “Para esa época, no dejaban circular camiones, entonces los campesinos estaban perdiendo mucha fruta en la región de la Sabana Centro donde yo vivo. Fue cuando pensé: hay que hacer algo para colaborarle a esa gente”.

Ante esa circunstancia, Luisa Fernanda motivada por su familia, decidió ponerse manos a la obra y con tres primos empezaron a comprar algunas cosechas. “Fuimos donde una señora que nos dejó la mora muy barata ya que entre perder o venderla y ganarle algo, era mejor lo segundo. Así visitamos a varios y con ese producto empezamos a procesarlo y empacarlo con nuestra marca para venderlo”.

Así empezó a distribuir en tiendas por Sopó, Chía Tocancipá, Briceño, entre otros pueblos. “Mis primos se encargaban de eso en sus carros. Fue un trabajo extenuante abrir mercado”.

Pero Luisa, quien trabaja en la parte administrativa del Restaurante Isla Morada que perteneció a Andrés Cepeda y es uno de los más grandes y reputados de la zona, no dudo en ofrecerles el producto a sus jefes. “Me animé y les dije que si estaban interesados en comprarme la pulpa, a lo que ellos me comentaron que sí. Desde esa época, les vendo semanalmente doce unidades de un kilo cada una”.

Sobre las ganancias que han obtenido con cada venta, es clara en su visión empresarial. “Las hemos usado para reinvertir en el negocio ya que nuestro sueño es poder expandirnos más y generar empleo. Por eso trabajamos duro para sacar a futuro nuestro registro Invima, pues ya tenemos los cursos de manipulación de alimentos que cumplimos al pie de la letra”.

Por ahora se mueven con “el voz a voz”. “La calidad del producto ha sido importante para que, de un lado, nos recomienden en otro”.

Pero ahí no termina la historia de esta emprendedora de 28 años, quien tiene una primera carrera de Educación Física de la Universidad Sergio Arboleda y un sentido filantrópico en parte inculcado por UCundinamarca que la está formando para la vida y los valores y con el enfoque de transformar su entorno.

“Yo fui jugadora de futbol y estuve en el proceso de selección Colombia sub-15 y practiqué futbol sala mucho tiempo. Entonces a raíz de esa experiencia, creé una escuela de formación deportiva en el barrio Hato Grande de Sopó. Allí enseño a niños de escasos recursos este deporte cada ocho días. Lo hago por el cariño que siento hacia ellos y como una forma de alejarlos de los peligros de la droga y otras problemáticas”.

Así es esta joven solidaria, a quien le viene como anillo al dedo aquella frase de la Madre Teresa de Calcuta que dice: el que no vive para servir, no sirve para vivir.

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