Noticias
2026-09-24
Derechos humanos ¿parte de la formación profesional?
Por: Alejandro García Suárez – Oficina Asesora de Comunicaciones
▲ volver arriba
Aunque la mayoría de los países y del mundo han regresado a la presencialidad, es fácil olvidar que hace dos años nos encontrábamos acatando las medidas de confinamiento, con la esperanza de que pronto se desarrollara una vacuna para el COVID-19. Lo bueno, es que distintas versiones de este biológico, como la Sputnik, producida por Rusia o las desarrolladas por el laboratorio Pfizer y también la Soberana, fabricada en Cuba, estuvieron listas en aproximadamente un año.
Quizá, por este hecho, un gran porcentaje de la población considere que estas vacunas son un placebo o resultan dañinas, pero la verdad es que su desarrollo no duró un año, sino una década entera, como señala el Centro para el Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC): “El síndrome respiratorio agudo grave y el síndrome respiratorio del Medio Oriente (SARS y MERS, por sus siglas en inglés respectivamente) son dos enfermedades causadas por varios coronaviruses que están estrechamente relacionados con el virus que causa el COVID-19. Los investigadores comenzaron a desarrollar las vacunas contra estas enfermedades tras haber sido descubiertas en el 2003 y el 2012, respectivamente”.
Si bien la CDC reconoce que a estas investigaciones se le restaron esfuerzos, ya que, hace una década se consideró que el virus había desaparecido, los datos y los aparatos de investigación lo siguieron estudiando. De hecho, en 2019 se produjo una vacuna MERS, que completó con éxito su primer ensayo clínico.
De modo que cuando apareció el Covid, la ciencia no estaba trabajando con un patógeno totalmente desconocido, sino que ya existía una gran cantidad de información, que por ejemplo, ayudó a crear las vacunas de ARN que hoy se ponen en los puntos de vacunación. Esta rápida difusión y procesamiento de la información se dio gracias a las herramientas de indexación del conocimiento, que van desde bases y repositorios en línea hasta metadatos: información que no está visible en el contenido, pero que permite ubicar el artículo (o paper) de manera más eficiente, por ejemplo, si uno lo busca a través de Google.
Uno de estos metadatos es el DOI (digital object identificator), un número único que se le asigna a cada trabajo de investigación publicado por un aparato editorial académico o investigativo. En la Universidad de Cundinamarca, por ejemplo, la Editorial Universidad de Cundinamarca, asigna un DOI a las obras que han culminado su proceso editorial, en el cual se realizó una evaluación por pares, en la modalidad doble ciego; “pares externos, investigadores reconocidos por el Ministerio de Ciencia y Tecnología (anterior Colciencias)”, explica el Decreto 1979.
Definir el número DOI, sin embargo, no es trabajo de la Universidad sino de agencias de Registro. La más utilizada en América y Europa es Crossref, que según su web, “fue fundada (en el 2000) por un grupo de editores académicos con visión de futuro que entendieron la necesidad de prestar un servicio colaborativo y centralizado de vinculación de referencias, utilizando DOI, que pudiera ser accesible para la comunidad global de comunicaciones académicas y que fuera esta quien lo gobernara”. La mayoría de Universidades en el mundo está inscrita a esta organización.
Básicamente la ventaja de contar con un DOI es que esta asignación le da un espacio virtual al artículo o paper, y que no cambia sin importar las actualizaciones o nuevas infraestructuras web a las que se someta, pero también el DOI le asigna datos e información que le permiten a este contenido ser consultado cuando se le busca en repositorios y bases de indexación.
Además, este número puede ser agregado a bibliografía y perfiles de investigadores como CvLac u Orcid. Por supuesto, la Generación Siglo XXI de la UCundinamarca cuenta con estas herramientas para que su producción científica pueda ser difundida ampliamente y cumpla con el propósito de democratizar el conocimiento, lo que precisamente sirvió para que los datos sobre coronavirus, durante la pandemia, se hubieran podido compartir entre académicos, investigadores y laboratorios, y se produjera la vacuna, ‘“en tiempo récord”, como se tituló en distintos medios impresos.
Lo cierto es que los estudiantes y la comunidad académica de la Generación Siglo XXI de la Universidad de Cundinamarca deben adoptar, como buena práctica, agregar los números DOI de sus productos de investigación reconocidos a sus perfiles como investigadores, no solo para robustecer su experiencia, sino porque los datos obtenidos con su trabajo colaboran a que la ciencia pueda solucionar problemas en cualquier lugar del mundo, meta que comparte la dimensión de translocalidad de nuestro MEDIT.
Noticias
Noticias
Noticias
Noticias