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De aulas rurales a comunidades transformadas

Las enseñanzas universitarias guiaron a Melba Ocampo para convertir la escuela pública en motor de desarrollo comunitario durante décadas.

Por Carolina Rojas Cendales

Formada en la Universidad de Cundinamarca, seccional Ubaté, Melba Ocampo Cortés es un ejemplo vivo de cómo la educación superior pública puede trascender las aulas y transformar comunidades enteras. Graduada en 1982 de un programa que hoy ya no existe Licenciatura en Educación con especialidad en Matemáticas y Física, su trayectoria profesional suma 44 años como egresada y más de cuatro décadas de servicio a la docencia en Cundinamarca, con un impacto tangible en la provincia y, especialmente, en el municipio de Capellanía.

Desde el inicio de su carrera, Ocampo asumió la educación como una herramienta de liderazgo social. “La Universidad me formó como líder, como persona capaz de gestionar y dirigir, pero sobre todo me dio sensibilidad para entender la educación como motor de transformación”, recuerda. La educación recibida en las aulas universitarias de Ubaté, guiarían cada decisión de su vida profesional.

Tras un breve paso por un colegio urbano del municipio de Fúquene, Melba Ocampo llegó a Capellanía, donde encontró una institución que funcionaba en condiciones precarias. Aquella realidad la interpeló profundamente: “Me preguntaba si esos chicos merecían estudiar en una casa rural”. La inquietud se convirtió en acción. Primero como docente y, desde 2001, como rectora del Instituto Técnico Comercial de Capellanía, donde lideró un proyecto educativo construido de la mano de la comunidad.

El reto no fue menor. La institución contaba entonces con poco más de 200 estudiantes, 11 docentes y una infraestructura mínima. Con gestión, visión y trabajo colectivo, el colegio creció hasta superar los 1.100 estudiantes, recibiendo jóvenes de distintos municipios de la provincia de Ubaté. Ese crecimiento fue, ante todo, un acto de confianza comunitaria: demostrar que la educación pública rural podía ofrecer calidad igual o superior a la privada.

Uno de los hitos de su gestión fue la implementación de sistemas de calidad. Durante más de siete años, la institución avanzó en un proceso que culminó con la certificación de calidad otorgada por el ICONTEC, un logro sin precedentes en la provincia. “Entendimos que para hablar de calidad alguien tenía que certificar que era real”, afirma.

A ello se sumó la articulación con el Servicio Nacional de Aprendizaje SENA, que permitió a los estudiantes graduarse con doble titulación como bachilleres y técnicos en áreas como contabilidad, administración y recursos humanos. “La secundaria no debe ser solo un puente obligatorio hacia la universidad. La educación debe preparar para la vida”, señala Ocampo, resaltando el impacto de esa formación en la empleabilidad y el bienestar de los egresados.

Hoy, con una vida que supera las seis décadas y tras cerrar su etapa como rectora, Melba Ocampo se dedica a proyectos comunitarios, a su familia y a seguir promoviendo espacios de crecimiento humano. Su vocación permanece intacta. A los jóvenes, les deja un mensaje claro: soñar, aterrizar esos sueños y formarse con sentido humano. “Que el trabajo no sea una tortura, sino una emoción con metas diarias”.

La historia de Melba Ocampo Cortés confirma que las enseñanzas universitarias, cuando se viven con compromiso social, pueden convertirse en legado. Un legado que, desde la Universidad de Cundinamarca, sigue transformando territorios y vidas.

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